ca-pub-2649426768334603 JAVIER MARTÍNEZ-PINNA: LA VIDA EN EL MÁS ALLÁ SEGÚN EL ORFISMO
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viernes, 24 de julio de 2020

LA VIDA EN EL MÁS ALLÁ SEGÚN EL ORFISMO






... Según la concepción homérica el cuerpo físico es la parte esencial del ser humano, mientras que su alma no es más que una simple sombra condenada a vagar en el inframundo. Para los órficos, el alma sería, en cambio, un elemento de carácter divino que quedaría aprisionada en un cuerpo físico, prisión del alma, de la que solo se podría liberar después del fallecimiento. El cuerpo, tras la muerte, se corrompía y terminaba desapareciendo, pero la parte espiritual, al proceder de los dioses, permanecía siempre viva y consciente de sí misma. Por este motivo, los iniciados órficos debían de aprender a liberarse de las ataduras de un cuerpo imperfecto practicando un tipo de vida cercano al ascetismo. 

Los órficos acostumbraban a ser vegetarianos ya que tenían totalmente prohibido matar a un animal, también utilizar sus pieles y la lana para confeccionar vestidos. Durante su vida, debían de someterse a diversos rituales de purificación, en ocasiones hasta situaciones extremas, ya que el hombre y la mujer tenían que pagar por todos sus errores cometidos durante la vida terrenal ya que, si no lo hacía, asumirían las consecuencias en la vida del más allá. Para los iniciados en este culto mistérico, Orfeo era un ser que conocía todos y cada uno de los secretos el inframundo; después de todo había sido capaz de viajar hasta el Hades en busca de su amada Eurídice, por lo tanto, era el más capacitado para indicar a sus fieles qué camino debían de tomar después de su muerte física y también la forma más adecuada de tratar con los dioses del inframundo. Precisamente, los arqueólogos han llegado a catalogar en ambientes funerarios unas láminas de oro de naturaleza órfica con indicaciones precisas para llevar a cabo el viaje al más allá. En una de estas láminas encontradas en la localidad italiana de Petilia leemos: «A la izquierda de la residencia de Hades encontrarás una fuente y junto a ella un ciprés blanco. No te acerques mucho a esta fuente. Encontrarás otra, con agua fresca que corre desde el lago de la Memoria; unos guardianes están ante ella. Has de decirles: yo soy el hijo de la Tierra y del Cielo estrellado, pero mi raza es celeste; vosotros lo sabéis también. Pero estoy consumido por la sed y me siento morir. ¡Dadme enseguida el agua fresca que corre desde el lago de la Memoria! Y ellos te darán a beber de la fuente divina y tú reinarás entonces junto a los otros héroes». 

Al contrario que en otras religiones, en las que la condena de las almas se considera como algo irreversible, los órficos defendían la existencia de nuevas oportunidades, al ser partidarios de la doctrina de la transmigración de las almas. Platón recuerda cómo Perséfone devolvía las almas de los fallecidos a la tierra después de pagar su pena durante nueve largos años en el inframundo por los antiguos pecados. La auténtica condena era precisamente esa, la de soportar una nueva existencia terrenal, según Píndaro todas las veces que se considerasen necesarias hasta alcanzar la purificación y la salvación, lo que nos acercaría, tal y como tendremos ocasión de estudiar, a la concepción que tienen las religiones orientales del mundo de la muerte. Finalmente, casi todos los individuos conseguirían la liberación del cuerpo, tras lo cual el iniciado podría disfrutar de un merecido, placentero y eterno descanso en los Campos Elíseos: la morada de los justos. Decíamos casi todos porque existían algunos individuos, considerados incurables por sus perversas e injustificadas acciones durante sus vidas, para los que, en este caso, no podría existir una nueva oportunidad. Solo ellos eran condenados con una eterna confinación en el Tártaro, un lugar de sufrimiento del que nunca podrían escapar.


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